Una tortilla de 10.

Siempre que puedo me desvío hasta Gamarra aunque tenga que dar un rodeo. Aquella mañana lo hice y metí el coche en el maltratado parking sin asfaltar, sorteando como pude baches como piscinas. Entré en el bar, me acomodé en la barra y pedí lo de siempre.

La noche anterior se había repartido en Sevilla el firmamento Michelin entre cocineros y pocas cocineras. Leía en mi móvil las crónicas e imaginaba a las gastro-celebridades reprimiendo nervios y ansiedades a partes iguales. Hora de despejar dudas, de ver el acierto o no de porras y quinielas, de decepciones, de sueños cumplidos, subidones y seguro también de envidias ocultas tras sonrisas y abrazos. Hora de selfis en el fotocol junto a la mascota neumática, de damnificados y eternos olvidaos, de invitados y no invitados y de los invitados que no acuden. Algunos y unas pocas lucieron en sus inmaculadas chaquetillas blancas sus primeras y anheladas estrellas, mientras otros sumaban. Supongo que hubo descorches de cava y de buen champán francés en las fiestas de celebración.

Esa mañana en el bar, ajenos a esas noticias, un par de jubilados comían unos pintxos de oreja rebozada y a mi lado, en la barra, unos currelas con chalecos naranjas reflectantes despachaban a gusto unos bocatas mientras bromeaban con las camareras. Un transportista con el que coincidí en el parking devoraba un pintxo de tortilla.

El bar está en los bajos de un humilde edificio de viviendas construidas para gente sin muchos posibles, enfrente de Desguaces Arroyabe y muy cerca de las famosas piscinas de Gamarra. Pura esencia arrabalera. De los que abren a las 5 de la mañana, con servilleteros de marca de cerveza y suelo de baldosas decorado con sobres de azucarillos arrugados. En la omnipresente pizarra se anuncian huevos con jamón, txitxikis, callos, oreja rebozada, chipirones en su tinta, albóndigas y bacalao al pilpil.

“Restaurante Bar Rioja Jatetxea” pone en letras blancas sobre los toldos de la entrada, un nombre muy recurrido por tierras alavesas. No se desde cuando está abierto ni cuanto tiempo llevan sus actuales propietarios con el nombre de Rioja Berria. Fue mi amigo Mikel el que me dijo: tienen una tortilla de patatas cojonuda, ya estás tardado en ir…y no tardé mucho. De eso hace ya más de 2 años.

Esa mañana, mientras leía las listas del nuevo firmamento culinario tenía delante mi pintxo de tortilla, húmeda, poco cuajada, un poco desparramada como la oí definir una vez en el Mesón O¨Pote de Betanzos. De tamaño generoso, con trazas oscuras de cebolla bien pochada y pimiento verde y la patata en su punto de fritura. De las que lo ponen fácil al vino. Para mi gusto mejor, con diferencia, que otras más afamadas de Gasteiz. Y siempre recién hecha.

Mientras a esas horas las gentes de la alta cocina descansaban en sus hoteles después de la larga noche, veía trajinar desde la barra a la cocinera del Rioja, que luce un gracioso moño rubio de peluquería. Ella es la responsable de ennoblecer esa mezcla mágica de patatas, huevo y cebolla. Ella si que merece ver su nombre bordado con hilo de oro en su humilde delantal.

Con suerte el año que viene vuelvo a cotillear sobre la siguiente gala Michelin acodado en la barra del Rioja saboreando esa magnifica tortilla de patatas.

Por cierto, ¿alguien vio a Vittor Arginzoniz hacerse selfis en la susodicha gala?

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