El universo que me dejan las gafas nasales

Tres metros de cable de plástico hueco de poco menos que un centímetro de diámetro, por donde pasa el oxigeno, gafas nasales, les llaman en el argot hospitalario. Ese es mi radio de acción en estos días, lo justo para llegar hasta el baño y poder echar una meadica. Me dicen que el ingreso puede ser largo. Me va a costar habituarme. Estoy acostumbrado desde hace ya 10 años a espacios abiertos, al viento del norte, a ver a diario enfrente de casa el horizonte que dibuja la sierra de Urkilla. A veces se me olvida mi unión permanente a esas gafas y el sutil tirón que siento en orejas y nariz cuando, por despiste, intento superar los 3 metros, indica mi encierro en el hospital de Txagorritxu.

Día 1 de hospital: paseos hasta el scaner, electrocardiogramas, vías abiertas en vena, bolsas de suero, ecografías de corazón y piernas y demás prácticas hospitalarias de urgencias. Habían pasado 14 horas desde la última comida hasta la hora del ingreso en urgencias, e iban a pasar otras 8 más hasta mi siguiente ingesta de alimentos, en mi caso todo un record. Devoré para merendar 5 simples galletas maría con un descafeinado y 3 ciruelas que me supieron a gloria bendita. Ese mismo día para la hora de la cena, destapo la bandeja térmica y veo un recipiente que contenía una ensalada de lechuga y tomate, sin concesiones. En otro plato unas croquetas que a simple vista no tenían mala pinta, y que después de probarlas también me supieron a gloria bendita. No sé si fue el hambre, parcialmente apaciguado por tan frugal merienda, quién me tendió una trampa. Juraría que estaban buenas, mejores de las que he probado en algunos bares, en muchos bares. Lo mejor de mi primer día en los territorios de Osakidetza: esas croquetas.

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Día 2 de hospital: me han visto cardiólogos-as, neumólogas-os, se  repiten electros, pinchazos, analíticas, conversaciones banales con los celadores que tiran de la silla de ruedas en la que me trasladan para realizar ecografías de piernas y corazón,  de nuevo; encuentros con conocidos en los ascensores. Mi universo de tres metros a la redonda se completa con mis objetos cotidianos. Dispongo de mi portátil, una pequeña radio, pijamas, reloj, cuaderno y bolígrafo. Pequeñas cosas que alivian el lento paso del tiempo. Descubro lo jodido que es desenvolverse desde la cama y aledaños entre el cable del ordenador, el de los auriculares, el del gotero con antiinflamatorio, el de las gafas nasales. Cables de todos los diámetros, colores y funciones que irremediablemente se cruzan y se enredan. Un gesto tan simple como desconectar los auriculares del ordenador se puede convertir en una ardua tarea. Llega la hora de la esperada comida. Vainas con patatas y merluza en salsa con un melocotón de postre que hoy, supongo que por el hambre mitigado, me ha decepcionado un poco.  Me dejan una hoja con el menú para el día siguiente, que promete. He elegido garbanzos con verdura y bacalao a la provenzal, ni más ni menos. De todas formas con las visitas, las esperadas y las inesperadas, lo mejor del día 2.

Día 3 de hospital: he recordado a Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco; ya me hubiera gustado algún aliado en el hospital, no ya para rellenar con ginebra el gotero, sino para trasgredir las normas y permitirme dar un pequeño paseíto por la séptima de Txagorritxu. Ni enfermeras, auxiliares, celadoras, cardiólogos, neumólogas, me permitieron saltar eso que llaman las normas. No lo digo con acritud, todo lo contrario. Unos grandes profesionales, aunque ya me hubiera gustado… Continúan las pruebas y la incertidumbre. Ningún matasanos es capaz de descubrir el origen  de mi dolor de pecho. Palabras como “suponemos” o “creemos” o “es probable”… son las que salen de sus bocas.

Llega mi primer menú elegido: correctos los garbanzos con espinacas, el bacalao a la provenzal era una colita de sabor y textura normalitos que por lo menos no estaba como una alpargata. Manzana asada fría de postre. Debería de haber pedido albóndigas, mi compañero de habitación no dejó ni migas en el plato.

No sé si estoy enfermo por ese dolor de pecho o porque me gustan estas comidas de hospital.

Y es que en este blog se escribe sobre alimentos y comida, aunque sea de hospitales.

 

 

 

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