The man wiht two stomachs.

Mis dos estómagos.

No se llevan bien, pero conviven en paz. Los dos tienen el mismo tamaño. Los dos siempre esperan pacientes la ingesta  diaria con la misma ansiedad. Están condenados a coexistir dentro de mi organismo.  Son antagónicos, rivales irreconciliables.

El más trotero es capaz, sin ruborizarse un ápice, de digerir cualquier guiso que lleve una pastilla de caldo concentrado, mientras que el noble solo admite esos caldos cocinados durante horas, colados, desengrasados y a veces se vuelve loco cuando están clarificados.

Mientras uno suspira por un plato de angulas y recuerda que lleva años sin triturar esas lombrices trasparentes,  el otro no hace ascos a unas gulas salteadas con ajo y una puntita de cayena.

Al canalla le gusta oir rock&roll de fondo en garitos de dudosa reputación, mientras  sus paredes se humedecen con ginebras baratas de garrafón, y el otro es más de tranquilas copas de Calvados, mientras su propietario  está relajado.

Uno puede digerir sin quejarse mucho esas pechugas de pollo pálido que invaden los lineales de los grandes supermercados y también  los mostradores de pequeñas pollerías, mientras el estómago  refinado prefiere buenos  muslos de Lumagorris, o unas tostas bien untadas de micuit, o cualquier plato bien tapado con melanosporum. Va por ti  Lorentzero.

A uno le gustan esos bocadillos grasientos  de calamares y el otro se pone cachondo cuando le pasean por esos modernos bares de pintxos con mil filigranas y artificios en las barras.

El  más friki expulsa a gusto jugos gástricos cuando ve caer del esófago chorrotadas de Keptuchp color rojo intenso, mientras que el otro es fiel a las elitistas salsas de soja japonesas.

Saltan las alarmas del  trotero cuando paso por algún Kebab con hambre y poco tiempo;  al señorito, sin embargo,  le encanta hacer un bolo alimenticio con carnes de corderos asados en hornos de leña.

El gourmet  estaría encantado de darse un paseo por donde se come y se habla; el otro se conforma con escuchar las lejanas conversaciones de una tertulia entre amigos mientras machaca los restos de pan y demás ingredientes de una sopas de ajo.

Al  cabrón del guarrindongo  le gustaría verse reflejado en mis cuentas en redes sociales, por ahora con poco éxito; el otro está encantado de procesar todo o casi todo lo que subo.

Eso si, los dos agradecen el sobrecito de Almax cuando los pongo a prueba y tienen que aliviar esa caldera de ácidos en ebullición. En lo único que se ponen de  acuerdo.

 

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Una respuesta a The man wiht two stomachs.

  1. Joseba dijo:

    Lo suscribo casi en su totalidad, me gusta revolcarme en el barro tanto como me gusta una camisa almidonada, pero prefiero un protector gástrico para no tener que llegar al almax.

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