Pochas de Abaigar con verduras.

Verano y platos de cuchara, una combinación que puede parecer extraña. ¿Quién no ha sudado comiendo un humeante marmitako a más de 30º en pleno mes de agosto?. Hoy no va la entrada de esas marmitas de las que se ha escrito tanto. Hoy le toca el turno a otro producto veraniego que a mí me gusta más incluso que el marmitako, otro producto que una vez cocinado se come con cuchara: las pochas. Paciencia hay que tener para esperar la campaña de las sembradas fuera de los invernaderos. ¿Legumbre o verdura?, yo diría que lo segundo. Recogidas antes de que maduren en la planta estas alubias frescas de grano blanco y redondo se pueden comer hasta crudas. Siempre que las cocino separo unas cuantas crudas en un platillo con un poco de aceite y sal y mientras pelo y pico verduras me las voy comiendo. Aperitivo de lujo, de textura tierna, jugosa y sabor dulce.

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Se comen en ensaladas, en potajes con tropiezos cárnicos, con almejas, en sopas como la minestrone (Robin food, programa 163), o simplemente con verduras como en la receta que explico más adelante.

Son ya varios años los que llevo comprando pochas de Abaigar, un pequeño pueblo navarro perteneciente a la comarca de Tierra Estella. A mediados del mes de agosto y estando de vacaciones recibí una llamada de mi amiga y vecina Montse Mendiola. Me cuenta que ya están preparados los kilos de pochas que le encargué a su madre. Todavía quedaban días de vacaciones por delante, así que hubo que congelarlas. Con pena porque creo que, aunque aguantan bien la congelación, no es lo mismo que cocinarlas frescas. A la vuelta, Montse me entrega en unos tappers unos cuantos kilos de las pochas congeladas. Se llama Begoña Iriberri, nacida en Abaigar y es la madre de Montse. Esta señora, mientras yo me proponía descubrir donde hacían las mejores tortillitas de camarones en la provincia de Cádiz, dedicó parte de su tiempo, ayudada por su nieta Jone, a pelar varios kilos de pochas, acomodarlas en unos tappers y congelarlas en su casa. Todo limpio y bien dispuesto para empezar a cocinar. Gracias Begoña y a Jone por tomaros ese trabajo por mi, y gracias a su hija Montse que no nos la quiso cobrar.

Así que triples gracias, a la madre y a la nieta por pelarlas y congelarlas y a la hija por regalarlas.

Pochas con verduras (un poco a mi manera)

400 gramos de pochas desvainadas

1 cebolleta

1 pimiento verde

1 tomate

2 dientes de ajo

1 zanahoria

4 pimientos de piquillo

2 cucharada de salsa de tomate

Una pizca de puré de pimiento de Ezpeleta (o guindilla)

Guindillas de Ibarra

Se pican fino todas las verduras y los ajos. Se rehogan en una cazuela con una chorretada de aceite de oliva. Cuando ya están casi pochadas se añade el tomate fresco cortado en pequeños dados y se vuelve a rehogar el conjunto unos minutos. Se añaden las dos cucharas de salsa de tomate y la pizca de puré de pimientos de Ezpeleta (o en su defecto una cayena) se le da unas vueltas, se añaden las pochas, se cubre todo como unos dos dedos por encima de agua y se mantiene en un hervor suave de 20 a 30 minutos, eso dependerá un poco del tipo de pochas que se utilicen. Hay que tener mucho cuidado con el hervor ya que si es fuerte las pochas se pueden romper. Se dejan reposar un poco antes de servirlas y se mueve un poco la cazuela para que ligue un poco el caldo. Acompañadas con unos langostinos de Ibarra son un manjar veraniego perfecto. A coger la cuchara y a disfrutar…

 

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El universo que me dejan las gafas nasales

Tres metros de cable de plástico hueco de poco menos que un centímetro de diámetro, por donde pasa el oxigeno, gafas nasales, les llaman en el argot hospitalario. Ese es mi radio de acción en estos días, lo justo para llegar hasta el baño y poder echar una meadica. Me dicen que el ingreso puede ser largo. Me va a costar habituarme. Estoy acostumbrado desde hace ya 10 años a espacios abiertos, al viento del norte, a ver a diario enfrente de casa el horizonte que dibuja la sierra de Urkilla. A veces se me olvida mi unión permanente a esas gafas y el sutil tirón que siento en orejas y nariz cuando, por despiste, intento superar los 3 metros, indica mi encierro en el hospital de Txagorritxu.

Día 1 de hospital: paseos hasta el scaner, electrocardiogramas, vías abiertas en vena, bolsas de suero, ecografías de corazón y piernas y demás prácticas hospitalarias de urgencias. Habían pasado 14 horas desde la última comida hasta la hora del ingreso en urgencias, e iban a pasar otras 8 más hasta mi siguiente ingesta de alimentos, en mi caso todo un record. Devoré para merendar 5 simples galletas maría con un descafeinado y 3 ciruelas que me supieron a gloria bendita. Ese mismo día para la hora de la cena, destapo la bandeja térmica y veo un recipiente que contenía una ensalada de lechuga y tomate, sin concesiones. En otro plato unas croquetas que a simple vista no tenían mala pinta, y que después de probarlas también me supieron a gloria bendita. No sé si fue el hambre, parcialmente apaciguado por tan frugal merienda, quién me tendió una trampa. Juraría que estaban buenas, mejores de las que he probado en algunos bares, en muchos bares. Lo mejor de mi primer día en los territorios de Osakidetza: esas croquetas.

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Día 2 de hospital: me han visto cardiólogos-as, neumólogas-os, se  repiten electros, pinchazos, analíticas, conversaciones banales con los celadores que tiran de la silla de ruedas en la que me trasladan para realizar ecografías de piernas y corazón,  de nuevo; encuentros con conocidos en los ascensores. Mi universo de tres metros a la redonda se completa con mis objetos cotidianos. Dispongo de mi portátil, una pequeña radio, pijamas, reloj, cuaderno y bolígrafo. Pequeñas cosas que alivian el lento paso del tiempo. Descubro lo jodido que es desenvolverse desde la cama y aledaños entre el cable del ordenador, el de los auriculares, el del gotero con antiinflamatorio, el de las gafas nasales. Cables de todos los diámetros, colores y funciones que irremediablemente se cruzan y se enredan. Un gesto tan simple como desconectar los auriculares del ordenador se puede convertir en una ardua tarea. Llega la hora de la esperada comida. Vainas con patatas y merluza en salsa con un melocotón de postre que hoy, supongo que por el hambre mitigado, me ha decepcionado un poco.  Me dejan una hoja con el menú para el día siguiente, que promete. He elegido garbanzos con verdura y bacalao a la provenzal, ni más ni menos. De todas formas con las visitas, las esperadas y las inesperadas, lo mejor del día 2.

Día 3 de hospital: he recordado a Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco; ya me hubiera gustado algún aliado en el hospital, no ya para rellenar con ginebra el gotero, sino para trasgredir las normas y permitirme dar un pequeño paseíto por la séptima de Txagorritxu. Ni enfermeras, auxiliares, celadoras, cardiólogos, neumólogas, me permitieron saltar eso que llaman las normas. No lo digo con acritud, todo lo contrario. Unos grandes profesionales, aunque ya me hubiera gustado… Continúan las pruebas y la incertidumbre. Ningún matasanos es capaz de descubrir el origen  de mi dolor de pecho. Palabras como “suponemos” o “creemos” o “es probable”… son las que salen de sus bocas.

Llega mi primer menú elegido: correctos los garbanzos con espinacas, el bacalao a la provenzal era una colita de sabor y textura normalitos que por lo menos no estaba como una alpargata. Manzana asada fría de postre. Debería de haber pedido albóndigas, mi compañero de habitación no dejó ni migas en el plato.

No sé si estoy enfermo por ese dolor de pecho o porque me gustan estas comidas de hospital.

Y es que en este blog se escribe sobre alimentos y comida, aunque sea de hospitales.

 

 

 

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Sobre Santi Santamaria y el cierre de Can Fabes.

Han dejado de hervir las ollas en Can Fabes. En la cocina ya no huele a las setas frescas recién recogidas por los boletaires del entorno del Montseny, que tanto le gustaban a Santi Santamaría. Leo en la prensa que el 31 de agosto ofrecieron en el restaurante su último servicio. No han superado estos convulsos tiempos de jodida crisis, una pena.

Nunca estuve en Can Fabes, ya me hubiera gustado. A Santi Santamaría le seguí a través de sus colaboraciones en prensa y sobre todo leyendo y releyendo su libro “La cocina al desnudo”. Aprendí y descubrí con los escritos de este provocador cocinero muchos aspectos para mí desconocidos del mundillo de la alta cocina. Este tipo valiente no dejó títere con cabeza, atreviéndose a cuestionar y criticar duramente, siempre a contracorriente, la modernidad culinaria representada por la cocina molecular, tecno-emocional, inventada y seguida por muchos de sus colegas. Se consideraba a sí mismo como un anti-moderno. Defensor del producto de temporada, del calendario que marcan las estaciones, de los productos ecológicos, de las variedades autóctonas de frutas y verduras, de la sostenibilidad en la cocina, del cuidado de los productos en su selección y manipulación. Contrario al uso y abuso de sustancias químicas de síntesis producidas en laboratorios, léase gelificantes, emulsionantes, estabilizantes…Santi siempre defendió con pasión y sólidos argumentos su ideario, a costa de ser duramente criticado por parte de críticos gastronómicos y grandes chefs. Desgraciadamente Santi Santamaria murió hace dos años y medio, no así sus valores e ideales en la cocina, que su familia y su equipo han sabido mantener hasta el último servicio. El cierre de este gran restaurante, estoy seguro, es motivo de tristeza para todos, incluidos sus más acérrimos detractores. De todos menos de un descerebrado llamado Salvador Sostres. Este personajillo, poseedor de una mente sucia y perversa, unos días después de la muerte del polémico y culto cocinero se atrevió a publicar en su blog, con muy mala leche, como acostumbra: (…) ha muerto Santi Santamaria, un cocinero mediocre, sobrepasado por las circunstancias, y una muy mala persona. Una persona nefasta. La persona horrorosa que era, que vivió del resentimiento y del ansia de venganza. (…) se ha muerto sin dejar nada, ninguna idea, ninguna aportación, ninguna técnica. Nada de nada. Un vacío total. Solo la mala leche, solo el resentimiento. Solo el vacío que deja, cuando se va, la mala gente. El vacío sucio e inhóspito, tan desagradable, tan mezquino

Mientras Santi denunciaba públicamente la ética de las grandes empresas de comida rápida, este individuo declaraba en una entrevista: (…) Tengo un total cariño, reconocimiento y respeto por McDonald’s. Y no lo tengo por Santi Santamaría…Aparte te diré que iría mil veces antes a McDonald’s que a comer de Santi Santamaria.

Mientras Santi se dedicaba a escribir con criterio, argumentos y mucho respeto sus colaboraciones en prensa y sus ensayos, este individuo ha ido vomitando opiniones fascistas y misóginas como:.. Lo de Haití es un drama pero el mundo, a veces, hace limpieza (refiriéndose al terremoto de Haití). Sin rubor también comentaba en un programa de televisión: “las mujeres no tendrían que poder entrar en restaurantes de más de cien euros».

Mientras Santi defendía y amaba la cultura catalana, el universo local de la cocina mediterránea y lo ponía en práctica en Can Fabes este experto en escupir palabras sin clase ni categoría intelectual decía un día después de su muerte:… el cocinero Santamaria -el restaurador Santamaria, para decirlo tal vez de una forma más exacta- murió el 2001 atropellado por la esferificación, atropellado por el talento de Albert y de Ferran Adrià. Por la superación de la cocina local y localista, por la superación de la cocina tradicional y artesana, y por la eclosión del arte y del artista, de la cocina basada en la inteligencia y en la creatividad, en el talento y en la sensibilidad.

Los escritos y opiniones de este personaje me producen el mismo efecto que una docena de ostras en mal estado, así que aún pudiendo seguir,  ya que el mencionado ha ido dejando multitud cagarrutas intelectuales, no lo hago por miedo a ensuciar el teclado de mi portátil.

La visión de Santi Santamaría, no solo de la cocina sino de todos los aspectos que conforman la vida era, como se diría en el argot cinematográfico, una visión de gran angular, con mucha profundidad de campo, donde gracias a su mayor ángulo de visión se abarca mayor porción de escena desde una distancia más corta.

Una pena el cierre de Can Fabes.

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Lukainka, el ancestral chorizo vasco.

La Lukainka es un embutido vasco ancestral primo hermano del chorizo, la txistorra, la salchicha o la butifarra catalana. Parece que el origen del término Lukainka procede del latín “Lucanica” y ya lo elaboraban los romanos.
Normalmente se elabora con magro y tocino de cerdo. Fue durante muchos años alimento tradicional de pastores y caseríos vascos y debido a las dificultades de conservación en el tiempo, ya que solo se adereza con sal y ajos, fue sustituido por el chorizo con la llegada de los pimientos (pimentón) de América.
Desde hace unos años se está recuperando para la charcutería gracias a los esfuerzos de difusión cultural y gastronómica de Slow Food, La Academia Vasca de Gastronomía y algunos productores.
Este último fin de semana la descubrí en una carnicería de Senpere (Saint-Pée-sur-Nivelle). Tenían dos tipos, la lukainka tradicional de carnes magras de cerdo con tocino sal y ajo y la lukainka berri, a la que además de los ingredientes clásicos añadían tomate y pimiento de Ezpeleta (Espelette).

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Enredando en la red encontré a un productor de lukainka al que tuve la suerte de conocer hace unos años en una visita a su caserío de Bidania (Gipuzkoa): Pello Urdapilleta. Pello es responsable de la recuperación de la raza porcina “Euskal Txerria” de la que en 1989 solo quedaban 25 cabezas. Además de lukainka, elabora excelentes jamones, paletas, chorizos, lomos embuchados, salchichones, pancetas adobadas y txistorras. Estos cerdos campan en libertad por los alrededores del caserío y se alimentan de castañas, frutos de la hayas y hierba fresca. En invierno complementan su alimentación con cereales tales como maíz, habas, cebada, forraje, alfalfa, guisante y salvado. Nunca trasgénicos. El respeto de los ciclos naturales, este tipo de alimentación y el mimo que Pello pone en la cría de sus Euskal Txerris, se traduce en unos productos excelentes que tuve la suerte de probar en la visita al Caserío Elola, aunque me queda pendiente la lukainka de Pello. Haciendo caso de lo que aconseja este criador, preparé el ancestral embutido a la parrila, acompañado por unos pimientos de Gernika fritos y una ensalada de tomate. Todo muy simple, pero muy sabroso.

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Bar Néstor, un lugar singular.

Parece un bar normal, como hay muchos en cualquier ciudad. En las paredes, donde apenas quedan huecos para decorar, camisetas de jugadores de fútbol, recortes de periódicos que relatan lo que allí se hace y quién lo hace, fotos de carnaval, una chaquetilla de cocinero dedicada por el maestro Berasategi… En la pequeña barra se empieza a notar la diferencia: en los expositores además del plato de gildas solo se ven unos cuantos kilos de hermosos tomates y dos bandejas con guindillas y pimientos de Gernika, todo fresco, tal cual. “Generoso con el aceite, muy comedido con el vinagre y expléndido con la sal”, leo en un titular de un recorte de periódico en el que Nestor Morais explica como hace su famosa ensalada de tomate. Y todo esto se ve en la calle Pescadería, en la parte vieja de Donosti, donde, como todo el mundo sabe, cuesta apoyar el vaso en cualquier barra entre tantos platos de pintxos multicolores, donde los guiris sin ningún recato se ponen finos de diferentes bocados. A las 19:50  entro en el Nestor y pregunto a qué hora sacan la famosa tortilla; en diez minutos está en la barra, me dice el camarero cogiendo una libretilla donde apunta cuantos pintxos vamos a consumir, otra de las peculiaridades de esta singular taberna.

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Damos una vuelta y a las 20:00 en punto entramos de nuevo en el bar. La mesa 19, que es como llaman con ironía a la única mesa que hay en el bar, donde apenas entran 8 o 10 personas, ya está ocupada por una cuadrilla entretenida con unos platos de guindillas fritas y pimientos de Gernika. Nos acomodamos en la barra y al momento sacan un plato con la codiciada tortilla de patata, que en cuestión de segundos está repartida en pequeños platos con su trozo de pan. Jugosa, muy jugosa, con un color amarillo fuerte y la cebolla tostadita, una golosina que engullo salivando también en cuestión de segundos. A gusto habría repetido, pero, aunque parezca increíble, en el Néstor solo hacen dos tortillas al día: una al mediodía y otra a la tarde. Prefieren hacer una bien, dedicándole mucho mimo, que varias, ya no digo mal sino solo regular. En el Néstor son así.

Cuando salimos de la taberna los afortunados de la mesa 19 estaban hincando el diente a una espléndida txuleta, otra de sus especialidades.

Como dicen en su página web: no es difícil comer bien en Donostia pero es imposible comer mal en el Néstor. Disfruta!

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Ultimos platos de Pil-pilean.

Recuerda que puedo cocinar todo esto y algunas cosas más en tu txoko, en tu casa, en tu sociedad…

Steak tartar de solomillo de potro con copos de patata frita y ensalada.

Anchoas con refrito de ajo, perejil y guidilla.

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Cerezas borrachas de cointreau y sorbete de paraguayo

Crepes de gofio rellenos de mantecato de bacalao.

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Coca de calaacín con verduras.

Ensalada de bacalao, patata y pimientos asados con vinagreta de avellanas

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Panceta asada.

Kokotxas de merluza en salsa verde con espárragos verdes y ajos tiernos.

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Todo asado, bacalao y pimientos.

Crema de coliflor con calabaza y aceite de remolacha.

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Melocotones salteados con mantequilla y mousse de yogur.

Arroz con kokotxas, esparragos verdes y ajos tiernos… meloso, meloso

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Salmonetes con guisantes y habas.

Polenta a la plancha con pimientos asados y lomo.

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Las gentes del Valle Salado de Añana Gesaltza.

No os voy a contar la historia del Valle Salado de Añana, ni la defensa del mismo que han hecho a lo largo de los siglos los habitantes del pueblo asegurando la conservación de su patrimonio hasta nuestros días, que para esa labor están los historiadores.

Tampoco os voy a contar las propiedades ni los diferentes usos culinarios de chuzos, flores de sal, sal mineral, etc. que de forma totalmente artesanal hacen en Gesaltza, que para eso están los reconocidos cocineros que la usan con buen criterio en la actualidad.

De igual modo no os voy a contar el abandono por parte de las instituciones de este lugar único que a punto estuvo de desaparecer, si no hubiese sido por la obstinada labor de salineros y salineras que a duras penas mantuvieron unas eras para producir sal casi de forma testimonial. Tarde pero a tiempo se ha creado la Fundación Valle Salado, pero para explicar todo eso ya están los políticos.

Tampoco os voy a contar nada del sistema constructivo, su peculiar arquitectura, ni de la distribución de la salmuera por las eras, ni de los manantiales… que para eso están las visitas guiadas al valle y los salineros y salineras que siempre están dispuestos a trasmitir el buen hacer que han heredado de sus antepasados. Solo hay que acercarse a Añana Gesaltza que bien merece una visita.

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Solo voy a hablar de los auténticos protagonistas de la recuperación del Valle Salado: los hombres y mujeres que habitan la villa más antigua del País Vasco.

En 1996 estuve en Gesaltza haciendo un documental para un programa titulado “Alava, pueblo a pueblo”. El entonces alcalde Edorta Loma fue quién nos enseñó las salinas que en aquel momento estaban bajo mínimos. Solo unos pocos salineros seguían explotando algunas eras. El paisaje entonces era desolador con muchas eras derruidas, dando una sensación de abandono total. El tesón y el optimismo que transmitían los habitantes de ese pueblo tan singular era inversamente proporcional al estado del Valle Salado. Esa fue la conclusión a la que llegamos mi compañera Igone Olarte y yo en aquellos días compartidos con sus gentes. El tiempo les está dando la razón.

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Este último fin de semana se celebró la Feria de la Sal, e invitados por Montse L. de Aretxabaleta y Txarli Alonso, naturales de Gesaltza, nos acercamos hasta el pueblo. Las cosas han cambiado, ya no son los salineros los que explotan las eras, ahora es cosa de la Fundación. Todavía queda una ardua tarea de recuperación pero el paisaje ya es diferente. En amplias zonas del Valle predomina por fin el color blanco y brillante de la sal. Lo que no ha cambiado es el empeño, la cabezonería, el optimismo y el “salero” de estas gentes por poner el Valle Salado en el mapa del mundo; en todo caso ha aumentado. Ven futuro, ven posibilidades de trabajo, ven vida en el pueblo, ven comercializar la sal, ven que las instituciones se involucran y ven la posibilidad de que el Valle sea declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO. Revolucionados están con este tema, engalanando el pueblo y organizando actividades de interés. Montse nos contó que andan un poco preocupados por la velocidad con la que ha arrancado la candidatura; todavía carecen de infraestructuras necesarios para atender al posible aluvión de visitas si se consigue el objetivo, pero todo se andará.

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Toda ese raudal de ilusión se vio reflejado en el bonito espectáculo de luz y sonido que organizan y donde prácticamente todo el pueblo participa. De admirar el esfuerzo que hicieron para regalar a todos los visitantes unas horas de ilusión compartida. Salineras y salineros están dando un ejemplo de participación, colaboración y recuperación de su entorno. Nosotros sus vecinos podemos aportar también nuestro granito, aunque sea un granito de sal.

No se equivoca el cocinero del Mugaritz Andoni L. Aduriz: “…es un placer mayúsculo entender que al agregar una pizca de sal a un plato en realidad se está incorporando parte de la memoria de un municipio, un pedazo de su naturaleza solidificada y una fracción de la biografía de un valle ligado a una actividad artesana. Por eso, más que un condimento, la sal de Añana es un fragmento de civilización….”. Aupa Gesaltza!

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La apuesta de los Asurmendi. Quesería Azkarra.

Meticulosos, inquietos, arriesgados, valientes, constantes, empeñados en sacar adelante su proyecto, con las ideas muy claras y los temores lógicos de unos recién iniciados en el mundo del queso, preocupados por la calidad, mimando la leche que ordeñan a sus ovejas… así veo yo a estos jóvenes emprendedores. Son los hermanos Asurmendi, Gorka de 33 años e Iban de 32.

Me acerque a Azkarra -así se llama la quesería-, para charlar un rato con ellos. Estaban ilusionados y no es para menos: han conseguido su primer premio internacional en el “Concorso per i migliori formaggi. Premio Roma” donde obtuvieron una merecida medalla de bronce. Teniendo en cuenta que esta campaña es la segunda que realizan es todo un logro. Estoy convencido, por lo que vi y me contaron, que es el inicio de una larga carrera de reconocimientos por su labor.

Son noveles en el negocio aunque desde críos y por tradición familiar siempre han estado vinculados al pastoreo… Su abuelo ya tenía un rebaño, hacía quesos y sacrificaba corderos que luego vendía. Javier, el padre de los hermanos estuvo ayudándole hasta que cumplió 23 años, y como mucha gente en el entorno rural empezó a trabajar en la industria. Es Iban el que en el año 2000 compra su primera oveja con la firme decisión de incrementar, poco a poco, el número de cabezas de su incipiente rebaño. Dos años después en 2002 y con el objetivo de adquirir más conocimientos se matricula en la Artzain Eskola de Arantzazu (Gipuzkoa). En los años siguientes vive de la leche que le produce su rebaño que cuenta ya con un número considerable de cabezas. Su hermano Gorka por esos años va cambiando de actividades: trabajando como operario de excavadora, de repartidor de vino, en una fábrica de Agurain… hasta que en el 2009 los dos hermanos deciden apostar fuerte y crear una quesería. Gorka también completa el curso en la Artzain Eskola e inician, salvando muchas dificultades, la puesta en marcha de lo que hasta entonces era un proyecto. Todavía tienen frescos en la memoria los hitos más importantes: el 23 de septiembre de 2009 comienzan la construcción de la cuadra y el 31 de diciembre del mismo año colocan el último bloque. El 6 de junio de 2010 hicieron su primer queso. Ellos mismos diseñan unas modernas instalaciones con el fin de optimizar al máximo su trabajo. En la cuadra todo está automatizado, el depósito de la leche recién ordeñada se encuentra justo encima de la cuba donde comienza el proceso de elaboración de los quesos. Me cuentan que esto es importante ya que la leche cae por gravedad consiguiendo de esta manera que sufra lo menos posible y no se golpee contra la cuba, logrando así que no se destruyan las moléculas de grasa de la leche. Insisten en que estos detalles son los importantes ya que repercuten tanto en la calidad como en la producción. Desde el mismo espacio donde está la cuba y la prensa acceden a la cámara de oreo, a la cámara de maduración y a la salmuera, todo cómodo y muy a mano para facilitar el trabajo.

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Mientras que Iban es el responsable del rebaño, Gorka se encarga de la elaboración, aunque como en la mayoría de las queserías los dos comparten labores y siempre tienen cerca a Javier, su padre que les echa una mano en lo que puede. Son inquietos y participan en las ferias más importantes, ofertan visitas a la quesería, distribuyen sus quesos en varios bares y comercios de La Llanada y de Gasteiz. El año pasado sacaron a la venta sus primeros quesos etiqueta negra que, por lo que cuentan, los ha probado hasta el mismísimo Julio Iglesias a través de Toloño Selección, tienda gourmet de Gasteiz, “prima-hermana” del premiado bar de pintxos Toloño.

La mayor parte de los quesos los venden de forma directa en la propia quesería y poco a poco se van haciendo con un nombre en el mercado. Han tenido las dificultades lógicas para introducir y dar a conocer su marca, teniendo en cuenta que iniciaron su actividad en plena crisis y que están en una zona con una producción importante de Idiazabal. A pesar de ello han logrado con paciencia, insistencia y buen hacer posicionarse en el mercado; ya no son unos jóvenes desconocidos.

En Alava en la actualidad cuentan con el mejor rebaño de latxas de cara negra, unas 322 ovejas, y es la explotación que más producción de leche consigue, según los datos de la Asociación de ganado ovino de raza latxa de Alava (AGORALA). Otro logro más de los Asurmendi.

Animo y a seguir haciendo las cosas bien.

Azkarra
Barrio Arriba, 13 – 01208 Galarreta (Araba) / Telf.: 945 04 21 29
Gorka 670 519 666
info@azkarra.com http://www.azkarra.com/

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Licor de sagarmines.

“Licor de sagarmines” le llamamos en esta zona, también se conoce como “patxaka”, “basaka”, “sagarbasa” o “sagarmiñe”. Es un licor anisado de manzanas silvestres parecido en su elaboración al patxaran. He estado en casa de Txomin Serna embotellando lo poco que le quedaba de la última campaña, la recogida durante el otoño anterior.

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En Narbaiza Hace ya unos años se cerró el bar de Rufino. Era uno de esos lugares donde se podían encontrar escobas de brezo, te podías cortar el pelo, ir a llamar por teléfono, o comprar una tirita; allí se servían copas de sagarmín casero que los propietarios embotellaban. Una pena que estas tabernas vayan despareciendo.

Txomin algunas veces sube al monte a recolectar este fruto y otras veces son otros vecinos los que le llevan sagarmines para que los ponga a macerar con anís. Para poder hacer unos cuantos litros hay que dar unos buenos paseos por el monte, y dependiendo de cómo haya sido la climatología, se recogen más o menos. Se encuentran dispersos y tardan en madurar poco tiempo; si no se está atento desaparecen rápidamente ya que  vacas y yeguas dan buena cuenta de estás manzanas silvestres. No tiene mucho misterio preparar la bebida: Txomin simplemente pone a macerar las frutas en anís de 4 a 6 meses, dependiendo del grado de maduración que tengan y pasado ese tiempo lo embotella y a correr (o a beber).

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Según parece era habitual su consumo entre pastores, sobre todo en todo el Pirineo navarro. No es habitual verlo embotellado en marcas comerciales; que yo sepa solo lo elaboran en Ordoki (Arizkun) y en Txopinondo (Askain). Tiene un bonito color dorado, sabor a manzana y no es tan dulce como su hermano el patxaran. Un perfecto digestivo o espirituoso  para terminar una buena comida.

Como curiosidad he encontrado un texto de Camilo José Cela publicado en La Vanguardia en 1950, donde el escritor hace referencia a los sagarmines:

(…) Me contó un lego de San Silvestre — truhán, como es de ley, y seco como un sarmiento — que en una ocasión, estando el flautista soplando de su flauta allá por los pinares donde el Duero, aun niño, todavía se llama Duruelo, se le acercó una ardilla que le regaló un sagarmín y tres rositas silvestres, al tiempo que le dijo: — Señor músico, yo, aquí donde me veis vestida con la roja piel de la ardilla, soy una doncella encantada que no me desencantaré hasta que mis oídos escuchen, en una noche de luna, el tañir de una flauta que toque una tocata que se llama la «Pavana para una infanta difunta». ¿La querréis tocar? El andarríos Octavio se comió el sagarmín, se puso una rosita en cada oreja y otra en el sombrero, y habló de esta manera, con la voz fina que se pone para hablar a los corazones del bosque: —Gentil señorita: yo no sé tocar esa tocata que me decís, ni la he oído en mi vida, pero tampoco es ley que sigáis encantada y que, siendo doncella, viváis soda en el bosque, saltando de rama en rama. Os propongo que os vengáis conmigo. Yo ando despacio y no habéis de cansaros nunca, pero si algún día os cansarais o si quisieseis dormir, siempre encontraréis en el bolsillo de mi zamarra un refugio tan pobre como caliente y seguro.(…)

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Siguiendo la pista de las croquetas de Marisa. Tondeluna.

El fin de semana pasado nos acercamos a tierras riojanas. Nuestra primera parada la hicimos en Ezcaray, coqueto pueblo muy cuidado cuyo paisaje urbano lo conforman tiendas de comestibles con vinos, verduras y conservas riojanas, algunos comercios de bisutería, las carnicerías riojanas que parece que nunca cierran, tabernas y restaurantes, entre los se encuentran los negocios de la familia de Francis Paniego. Hace muchos años estuve comiendo en Echaurren; no recuerdo con precisión lo que comí en aquella ocasión, salvo las famosas croquetas de Marisa que se me quedaron clavadas en la memoria. Esta vez nos conformamos con ver las cartas de los dos restaurantes familiares, que la cosa no está para tirar cohetes. Al ver de nuevo las croquetas de Marisa en las cartas, no solo en el clásico Echaurren, sino también en el más moderno restaurante de su hijo Francis Paniego, el Portal del Echaurren, algo se despertó en mi cerebro y ese recuerdo comenzó a rondar de nuevo en mi memoria.

Huyendo de la lluvia nos acercamos a Logroño donde dimos un largo paseo para terminar participando de todo el vocerío tabernario de la  calle Laurel y alrededores, mezclándonos entre turistas, jubilados, poteadores locales, tíos y tías celebrando esas patéticas despedidas de soltero-a, cuadrillas de euskaldunes, despistados…

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Y siguiendo la pista de las croquetas de Marisa acabamos cenando en Tondeluna, la cara más informal de Francis Paniego. Versión moderna de las clásicas tabernas; mesas corridas donde se mezclan las conversaciones de los comensales, una cocina vista blanca y acero en donde se mueven con precisión cocineros y cocieras, con el común denominador de su juventud. Me recuerda, salvando las diferencias, a La Hermandad de Pescadores de Hondarribia, dónde se puede ver compartiendo banquetas y mesas corridas a grupos, parejas y cuadrillas de lo más heterogéneo. Siete platos a elegir entre los que tienen en la carta fue la opción que más nos convenció. Elegimos para acompañar la cena un vino joven de Remirez de Ganuza el Erre Punto 2012, que me pareció que tenía un precio ajustado (15 euros). Comenzó la función con un detalle simpático que no ha todo el mundo gusta: un cubo de por lo menos 5 kilos de mantequilla salada a modo de “pequeño aperitivo”. Apenas unos minutos después, -se ve que cocina y sala están perfectamente compenetrados-, nos pusieron en la mesa las afamadas croquetas: perfectas, delicadas, en su justo punto de buena fritura, sabrosas, fundentes… mi memoria no me traicionó. Creo que hay croquetas para años en los restaurantes de esta familia y desde este humilde blog dar las gracias a Marisa por haber sabido trasmitir a su familia tanta sabiduría culinaria.

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Y siguió el desfile de platos con jamón ibérico con tomate y aceite de oliva en pan de cristal; continuamos con una menestra de verduras de temporada, el plato más flojo teniendo en cuenta que la primavera ofrece unos excelentes productos y más en tierras riojanas: vainas, puerros, zanahoria y poco más, un plato que a mi modo de ver deberían revisar. Sin espera entre platos seguimos con un arroz ligado con láminas de sepia, intensísimo de sabor; la famosa merluza a la romana de Francis Paniego confitada a 45º, perfecta de cocción y muy jugosa; unas melosas carrilleras de ternera glaseadas con puré de manzana, y para terminar un postre exquisito donde comparten protagonismo en el plato chocolate, aceite de oliva, sal un helado de café y un crujiente de pan. En general una buena cena.

Salimos de Tondeluna a las 11,30 de la noche y antes de coger el coche atravesamos de nuevo la calle Laurel donde no había disminuido el ambiente, allí seguían multitud de tabernícolas dando trabajo a tasqueros y tasqueras que no paraban de servir vinos y pintxos…

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