Enganchado al bonito marinado!

Finales de diciembre. Abro el congelador de casa y saco un lomo de bonito. Lo meto en la nevera y espero pacientemente a que se descongele. En ese tiempo el bonito empieza a dar vueltas en mi cabeza. Marinado, sin duda, pero… ¿con qué lo acompaño?, ¿qué salsa le irá bien?, ¿le pongo algo de crujiente?. Todo esto fuera de la temporada habitual de pesca del túnido. ¡Una gozada!.

Hasta hace relativamente poco tiempo no era un pescado que me entusiasmase. Posiblemente por la forma de cocinarlo que tenía mi ama. Durante muchos años lo comí en casa sobrecocido, en marmitako o con salsa de tomate. Perdóname ama, sé que no te gustaría que esto se supiese. Pagaría por verte un poco cabreada por este motivo. Pero la puta demencia senil ha borrado de tu cabeza cualquier atisbo de recuerdos. Muchas veces se me hacían bolas en la boca masticando el pobre trozo de bonito en restaurantes y tabernas. Con el tiempo todos estos errores se han ido corrigiendo, ahora es más fácil encontrar jugosos marmitakos, o plancheados en su punto, o marinados, o salteados…

Descubrí los marinados y cambió radicalmente mi forma de entender, de ver, de saborear, de comer, de compartir, de cocinar este pescado azul. Esa textura mantecosa un poco grasienta, ese color, esa jugosidad y ese sabor produjeron una mini-revolución en mi cabeza. Desde entonces me he hecho un “yonki” del bonito marinado… y meterte un “txute” a mediados de diciembre, no tiene precio; lo malo es que quedan pocos lomos en el fondo del congelador.

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En una de mis charletas con Juanjo Barquilla del bar Jai Alai de Agurain, me dio a oler un té ahumado chino, el Lapsang Souchong. Un intenso y agradable aroma a humo salió de la cajita. ¿Por qué no añadirle un par de cucharadas al bonito marinado?. Prueba, me dijo Juanjo. Desde entonces a todas las preparaciones marinadas le añado estas hojas secas que pasan por un ahumadero de pino y otras maderas resinosas. El “whisky de los tés”, le llaman. Los tacos del bonito se impregnan del toque ahumado y el resultado me parece magnífico.

Bonito marinado.

Ingredientes: un lomo de bonito, sal abundante, té Lapsang Souchong y aceite de oliva virgen.

Elaboración: se sacan los lomos al bonito y se limpian de espinas. Si te gusta el sangracho lo dejas y si no lo quitas. En un recipiente donde entre justo el lomo de bonito se pone una buena cama de sal en el fondo, se coloca el lomo encima y se tapa por completo con el resto de la sal. A la nevera directo. Yo lo tengo en la nevera 2 horas y media; hay a quién le gusta más crudo y lo tiene menos tiempo. Y si os gusta más hecho, más tiempo de marinado hasta conseguir el punto adecuado a vuestro gusto. Pasado ese tiempo se saca del recipiente y se limpian bien los restos de sal adheridos al bonito. En otro recipiente se mezclan dos cucharadas de té ahumado con el aceite de oliva virgen, se introduce en la mezcla el lomo y se deja reposar en la nevera por lo menos 8 horas, para que se impregne bien de aceite y del aroma ahumado del té.

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El truco de la morcilla.

Pensaba que era un truco conocido y por las preguntas que estos días me están haciendo después de publicar el post “Que nos den morcillas” me he dado cuenta de que todavía no lo es tanto.
Es muy simple y la mayoría de las veces funciona. Se trata de quitarle la piel, que no siempre es agradable de comer, a la morcilla de arroz. Solo se necesita un poco de paciencia y una puntilla o cuchillo bien afilado. A pesar de que pueda parecer que se va a deshacer, con el truco se consigue todo lo contrario. A mí me gusta hacer la morcilla a la plancha, con la grasa justa para que no se pegue y punto. Ya sé que algunos puristas dirán que hay que freírla en abundante aceite… allá cada cual con sus manías. Digo esto porque siempre que he puesto en práctica este truco lo he hecho a mi manera, o sea a la plancha.IMGP4533IMGP4534IMGP4535IMGP4536IMGP4538

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Que nos den morcillas!!

Mediados de Diciembre. Llega el tiempo de txarribodas, pancetas, solomillos, lomos, chorizos y como no, morcillas. Esta entrada trata sobre este embutido que se elabora a base de sangre, arroz, cebolla, manteca y especias. Hablando de morcillas es muy recurrente posicionarse, por lo menos por estas tierras. Hay gente que es militante de las de Beasain y no puede con las de arroz. Otr@s al contrario son como talibanes acorralados defendiendo a muerte la de arroz frente a la de verduras…En mi caso, por donde me tocó nacer, por tradición, tengo mucho más presentes las llamadas morcillas de arroz que son las que tradicionalmente se han hecho en Alava. Las tengo grabadas a fuego en mi memoria del gusto. Kilos he comido desde crío en potajes y cocidos, fritas acompañadas de pimientos rojos, o con tomate.

Esto no quiere decir que no me meta entre pecho y espalda esas magnificas morcillas de verdura que me gustan y mucho, y que a veces compro en Beasain. Recomendable asimismo el libro editado por el Ayuntamiento de Beasain, una recopilación de recetas de morcilla interpretadas por cocineros del Goierri y alrededores.

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A la vuelta de Madrid, hace unos 15 días, paré en Lerma con intención de comprar algunas cosillas. Al fondo de la cesta fueron costillas de cerdo adobadas, una botella de Portia crianza y cecina de equino. A la hora de comprar morcillas dudé… en una ocasión compré unas de autor con un tamaño más que importante y de forma bastante irregular elaboradas por Embutidos de Cardeña. Se ve de lejos que son artesanas: “se realiza un proceso de cocción lenta de casi cuatro horas”, dicen los propios fabricantes. A mí no me gustan, ¿qué le vamos a hacer? el asunto del gusto a veces es así de caprichoso. Como no estaba seguro decidí preguntar en el asador Casa Brigante, donde he parado varias veces a comer un impresionante lechazo asado. Encontré a un cocinero sentado en una de las mesas del restaurante tomando relajadamente el café de media mañana. “Nosotros en el asador cocinamos la de Lerma por sabor, por su ligero toque especiado y porque no se rompe al freírla en abundante aceite”, me contó amablemente y me convenció.

Un tratado se podría hacer sobre la morcilla de Burgos. Estos últimos días he probado varias de diferentes zonas de la provincia. En la forma son todas prácticamente parecidas, pero solo en la forma. En el sabor y en los aromas que desprenden al freír es donde empiezan a reconocerse diferencias, sobre todo por las diferentes especias que utilizan, por los métodos de cocción y por la variación de porcentajes de los ingredientes. En el color del corte también hay diferencias, unas más negras, otras más rojizas, en fin, todo un mundo.

En mi sartén se han tostado, inundando la cocina de casa de aromas a canela, anís, y comino, unas excelentes “Morcillas Tere” que probé en Casa Pancho en Burgos capital y me gustaron tanto que luego las compré; las “Morcillas Peña Verdial” de Lerma que me recomendaron en Casa Brigante (comprobado que ni esta ni la anterior se deshacen al hacerlas a la plancha). Morcillas de los Hermanos Pérez de Frías y las de autor de Embutidos de Cardeña, que seguramente las hacen con especial mimo, pero como ya he dicho antes a mí son las que menos me gustan. Es de agradecer el etiquetado de esta marca que indica las variedades de arroz que utilizan en sus diferentes elaboraciones (arroz Bahía extra, bomba.) o los diferentes tipos de tripa en las que van embutidas (de cerdo o de vaca) hasta la variedad de cebolla (horcal) que por lo que he comprobado es la más utilizada en toda la provincia por los diferentes elaboradores.

Barriendo para casa mencionaré a dos productores de la Montaña Alavesa que elaboran unas morcillas de arroz de quitarte la boina.

Morcillas Edurtza-Las Nieves de Lagrán, es la marca de un pequeño obrador familiar donde las elaboran desde hace más de 20 años. Compran la materia prima en el entorno más cercano; arroz navarro de Arguedas, manteca navarra. Pochan bien la cebolla antes de cocerlas, añaden pimienta negra y algún ingrediente más, aunque esto entra en el terreno de las formulas secretas. La mayor parte las venden de forma directa o a través de la plataforma Hermeneus. Han conseguido importantes premios en el Campeonato de Euskadi de morcillas y chorizos que se celebra en Mungia; 1er Premio: años 1997, 1998, 2010; 2º Premio: años 2002, 2006. A mí personalmente me encantan.

En Maeztu se encuentra la otra empresa familiar: Morcillas Suso Odolosteak. Además de las clásicas blancas y negras típicas de nuestra provincia, también elaboran unas más pequeñitas a las que llaman delgadillas, de arroz con verduras, de arroz con trufa negra preparados más modernos como la crema de morcilla con trufa negra o los crepes, paraguas, lasañas y pientos, todo ello de morcilla.

No puedo por menos que comentar aquí el recuerdo imborrable de una comida que hicimos hace ya unos cuantos años en Barcina del Barco. Fuego bajo, una gran perola, Juli, una guisandera de las de antes, ayudada por su hermana Aurelia metiendo las morcillas recién embutidas a cocer en la perola  y de ahí al centro de la mesa. Si no recuerdo mal no hubo más cosas, solo aquellas exquisitas morcillas humeantes y recién cocidas con su toque picante que tanto le gustaba a Juli. No sé las txandas que salieron pero fueron muchas. De esas comidas que voy a recordar toda la vida por lo que disfruté comiendo y por la compañía de Ignacio, Koldo, Ricardo, Rosa, Avelino e Inma. Y un recuerdo especial para la recientemente fallecida guisandera Juli, que además de tener una mano especial para las morcillas, también la tenía para la huerta.

A lo dicho en el título de esta entrada ¡Que nos den morcillas!.

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Arroz meloso con verduras, carrillera de rape y salicornia salteada.

No suelo ir mucho a Gasteiz, así que cuando lo hago voy muy atento a lo que veo; mi pareja me dice que parezco un guiri en mi propia ciudad. Soy un ávido lector de cartas de restaurantes, no lo puedo remediar. Para mí es como viajar leyendo o viajar escuchando a Roge Blasco en Radio Euskadi los domingos por la noche.  Me da igual que sean estrellados, cutres, o de medio pelo, siempre me detengo a leer las cartas. La semana pasada pasaba por la calle Florida y me detuve en la puerta del restaurante La Cocina de Plágaro. Dos cosas me llamaron la atención: la primera, un plato de la carta de «Merluza con salsa de espinacas y gambas y salteado de salicornia». Alegría y cierta emoción noté cuando leí “salicornia”, ya que llevo varios días probando de diferentes formas este vegetal. En ese momento me sentí hermanado con Luis Angel Plágaro, que es quién dirige los fogones el conocido restaurante.

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Arroz meloso con verduras, carrillera de rape y salicornia salteada.

350 gr. de arroz bomba, 200 gr. de salicornia o espárrago de mar, 2 carrilleras de rape hermosas, caldo de pollo, 60 gr. de panceta curada, medio calabacín, medio pimiento rojo, media cebolla, 2 dientes de ajo, un vasito de vino blanco o txakoli, aceite de oliva virgen.

Elaboración:

Se pican la cebolla, el calabacín, el ajo y el pimiento rojo, a ser posible pelado. La panceta curada se parte en trozos regulares. Se rehoga primero la panceta con un poco de aceite y se añade  la cebolla y el ajo, cuando esté un poco pochada la cebolla se añade el pimiento rojo y se rehoga unos minutos. Se añade el arroz y se tiene rehogando un par de minutos En ese momento se añade el vino blanco hasta que se evapore. Poco a poco se añade el caldo de pollo caliente y se remueve bien para que el arroz suelte todo su almidón y cuando casi se evapore el caldo se va añadiendo más y siempre removiendo. Se repite esta operación y cinco minutos antes de que termine de hacerse se añade la salicornia. El tiempo de cocción es de 18 a 20 minutos; dependerá un poco del gusto de cada un@ y del tipo de arroz que se use. Al final y fuera del fuego se le añade una chorretada de aceite de oliva virgen y se remueve bien hasta que quede el arroz ligado

Se parten en dos las carrilleras y se limpian de posibles pieles y se salpimientan. En una sartén caliente o en una plancha se ponen con un poco de aceite los trozos de rape hasta que se hagan; dependiendo del grosor, más o menos 2 minutos por cada lado. Se saltea la salicornia sin sal. Para montar el plato se pone en el fondo el arroz trabado encima la media carrillera y por último, sobre el pescado la salicornia salteada y listo. On egin!!

La segunda cosa que me llamó la atención fue el cartel que habían colocado justo al lado de la puerta de entrada al restaurante y que no necesita ningún comentario. Me volví a sentir de nuevo hermanado, esta vez en pensamiento, con la familia Plágaro.

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Rape y langostinos con salteado de salicornia y mahonesa de la misma.

Antes de seguir adelante con la receta os dejo unas notas sobre la salicornia o espárrago de mar que he sacado de la página de las chicas de Suralgae, quienes hacen posible que podamos disfrutar de estas plantas:

Planta silvestre que crecen en suelos salinos, formando verdaderos céspedes, generalmente en bordes de torrentes donde llegan al mar o en los márgenes de las marismas en zonas esporádicamente inundadas por aguas saladas, como es el caso de los esteros (o marismas modificadas para el cultivo acuícola). Conforman racimos o arbustos de pequeño talle, constituidos por ramas de aspecto articulado en nudos y entrenudos.
De color verde claro en sus regiones más jóvenes, tornándose hacia un verde más oscuros hacia las puntas. Al final de su ciclo es cuando se empiezan a tornar hacia un color más rojizo.

Textura carnosa, tiernas en sus puntas y crujiente al bocado, muy similar a los espárragos trigueros. Ello permite ser consumidas en crudo sin ser previamente hervidas o escalfadas. Olor a hierba fresca silvestre, con un suave toque a marino o yodado al cortarla en fresco. Al cocinarlo, aporta un olor similar a los espárragos trigueros pero más salinos. Su sabor recuerda a algunas algas debido al aporte salino propio del agua de mar con la que son regadas, pero no por ello están saladas. Además, se puede apreciar en crudo un toque yodado propio de los productos marinos, que hace más atractivo su consumo. Los platos elaborados con Espárragos de Mar ofrecen un toque sabroso muy particular al paladar.

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Esta es una de las dos recetas que he realizado con este vegetal que me encanta.

Carrillera de rape y langostinos cocidos con salteado de salicornia y mahonesa de la misma.

Ingredientes para dos raciones:

1 carrillera de rape.

6 langostinos cocidos. (si son de Sanlúcar muchiiiiiisimo mejor.)

6 ramilletes no muy grandes de coliflor.

100 gr.  de salicornia o espárrago de mar.

200 gr. de aceite de semillas.

1 huevo.

7 gr. de vinagre de sidra.

Aceite de oliva virgen.

Sal

Elaboración

Para la mahonesa: se casca un huevo en un recipiente, se le añade el aceite de semillas y con una batidora se bate hasta que vaya espesando, se añade los 50 gr. de salicornia y se bate bien añadiendo el vinagre. Hay que tener cuidado con la sal porque la salicornia de por si ya es un poco salada.

La coliflor se parte en ramilletes no muy grandes y se cuece con sal hasta que quede un poquito dura, que no se deshaga. Se reserva.

La salicornia que resta se saltea 1 minuto con una gota de aceite de oliva virgen, sin añadir nada de sal. Tiene que quedar crujiente.

Se coloca la carrillera de rape en un lado del plato colocando por encima la salicornia salteada. En la mitad del plato se ponen tres ramilletes de coliflor y al lado se colocan como mejor se puedan los langostinos cocidos. Se añade una chorretada de aceite de oliva virgen por encima de la coliflor cocida y se ponen unos montoncitos de mahonesa de salicornia a los lados. Solo queda hincar el diente y disfrutar.

A mí esto me sabe a Cádiz. Siempre llevaré este vegetal asociado en mi memoria con San Fernando.

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Joyas gaditanas.

Casi 1000 kilómetros de carreteras que atraviesan la península, varias comunidades y paisajes muy diferentes que vas dejando atrás en un viaje que he repetido en muchas ocasiones. El ansiado destino: Cádiz. Adicto a recorrer, a no más de 40 km/hora, las carreteras que atraviesan esa provincia desde la costa hasta la sierra, unas veces con algún propósito concreto y muchas otras sin un fin determinado, simplemente por el placer de descubrir “vagabundeando”.

Un lugar de contrastes: donde termina el plácido Mediterráneo y comienza el  vivo Atlántico; sopla el viento cálido y seco de Levante al que solo le puede vencer su contrario, el de Poniente algo más fresco y húmedo, vientos ambos que imprimen carácter; soleadas y blancas dunas en Bolonia y  lluvias estacionales en Grazalema, donde tienen registros anuales medios de 2.200 litros m2, toda una postal verde de montaña; la disciplina de la base militar de Rota y los uniformes y la seriedad de los enormes cuarteles militares de San Fernando frente al carácter alegre, abierto, desenfadado y un tanto anárquico de gaditanos y gaditanas; solo hay que ver esas chirigotas carnavalescas. Me parece que me estoy perdiendo un poco por los cerros de Olvera y Grazalema y no era esta mi intención.  Si Cádiz te atrapa estás perdido y a mí hace tiempo que me atrapó.

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Esos contrastes también se reflejan en la amplia y rica gastronomía gaditana con productos muy importantes y variados: desde la Sierra de Cádiz, con sus pujantes quesos elaborados con leche de cabra payoya-montejaqueña y con leche de oveja,  hasta Jerez y todo lo que conlleva ese nombre en relación a vinos, brandys y  vinagres; atunes rojos de Almadrabra, conserveras de Barbate, carnes de Retinto cada vez más cotizadas, los famosos langostinos de Sanlúcar de Barrameda (y la manzanilla, no vaya a ser que se enfade alguien), pescados de los esteros de la Bahía de Cádiz y los de roca de Cónil… y por si esto fuera poco, desde hace unos años y gracias a la labor de las jóvenes emprendedoras de Suralgae, disponemos en el mercado de varios tipos de algas que recolectan en la bahía.

Aquí es donde quería llegar. Había leído algo sobre la salicornia o esparrago de mar que estas chicas de Suralgae comercializan, en el completísima página de Pepe Monforte “Cosas de Comé”.

Probar la salicornia fue la excusa-objetivo de nuestra visita a San Fernando, que no conocíamos más que de pasada. San Fernando, situado en una extraña isla, aislado del turismo masivo que comienza a ser un poco preocupante en algunas zonas costeras de la provincia. Las calles de las correrías infantiles de José Monge “Camarón de la Isla”, la histórica Venta de Vargas, no se sabe bien si más famosa por su aportación gastronómica que por su arraigo flamenco o viceversa. Dicen que en uno de sus barrios se inventaron las tortillas de camarones. Las he probado en restaurantes de postín, en famosas freidurías, en chiringuitos de playa y en tabernas de la Sierra, he hecho cola en algunos bares para pedirlas… y fue en esa extraña isla, en la Plaza de la Vacas, en un humilde establecimiento de barrio donde comí las mejores que recuerdo haber probado en mi vida. “Bar León”, pone en letras rojas justo encima de la puerta. Esculturas irregulares con muchos camarones unidos por una fina película de masa, crujientes en su punto justo de fritura. Escultura deberían de hacer a la cocinera por el arte con el que crea esas sabrosas maravillas. Dos días callejeando por calles con nombres de desgarrado lamento flamenco como Amargura, Soledad o Dolores o plazas que suenan a palmas y juerga gitana como Plaza del Fandango, de las Alegrías o de las Bulerías. Otra vez los contrastes. Viendo güichis como llaman en San Fernando a unos históricos locales donde se venden vinos a granel y tapas frías, antiguas tabernas con mucha solera.

IMGP2772IMGP2724Miguel Angel López, uno de los pioneros en la provincia en utilizar las algas y la salicornia, es el que manda en los fogones del restaurante “Casa Miguel”. Allí probamos unas tortillas de camarones que en esa casa van con un toque de salinidad que le aportan las algas, una estupenda ensaladilla de gambas “con gambas” y con un puntito de vinagre, sabrosa. Los picos para acompañar a la ensaladilla los comercializa Suralgae y contiene una mixtura  de algas secas y trituradas. Por fin un revuelto de salicornia y erizos, los huevos sin batir, unas huevas de erizo y los espárragos de mar de textura crujiente e intenso sabor a mar. Un plato sencillo y sorprendente. Tanto nos gustó que al día siguiente nos dirigimos a Suralgae con intención de traer para casa un poco de salicornia. Intento baldío, todavía nos quedaban unos días de vacaciones y no podíamos conservarla fresca. Finalmente conseguí una bolsa en Madrid y he podido hacer dos recetas diferentes con la dichosa salicornia. En la siguiente entrada las recetas.

Cádiz sorprende, siempre esconde alguna joyita por descubrir.

http://www.cadiz-turismo.com/rutas/guiadeviaje.php

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La perversión de la anchoa.

Compré un envase no hace mucho tiempo en la fábrica que conservas Lolin tiene en Castro. Confieso que no me gustan los sucedáneos, a pesar de lo cual e inducido por mi irremediable  curiosidad decidí llevarme un tarrito de 50 gramos de Lolinas. ¿Qué son las Lolinas?, según la propia conservera es un sucedáneo de caviar a base de auténtica anchoa Lolin. Se  caracteriza por su Inconfundible sabor, aroma y color.

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Ya en casa preparé un pintxo fácil: sobre una base de una rodaja de un Azkoien de Artepan puse  unos trocitos de aguacate, queso fresco y de tomate. Por encima añadí las Lolinas, lo regué todo con un buen chorretón de AOVE y listo para probar.  Esa deconstrucción-perversión de la anchoa con forma de  perfectas microbolitas decora el plato, son muy aparentes y visualmente atractivas. Tienen un ligero olor y sabor a mar, aunque en boca su textura me pareció un poco viscosa, vamos que en casa a ninguno nos convencieron.

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Me costó un triunfo descifrar los componentes de tarro y me pregunto si el problema es mi presbicia o si la letra es demasiado pequeña hasta para una vista de lince. Ayudado por mi pareja y con cierta dificultad leímos los componentes: Anchoas 35%, Sal acidulante E-330, Espesante-40, Potenciador de sabor e-621, Aromas naturales, Colorante E-172, Conservador E-211.  Todo esto me lleva a hacerme una serie de preguntas:

¿Es este un ejemplo de la tiranía de la forma sobre el fondo?

¿Es que lo más importante del fondo es la forma?

¿Es este un ejemplo de unas bellas formas sin fondo?

¿Por qué ese empeño en prostituir-pervertir-deconstruir un producto tan noble como la anchoa?

¿No sería mejor dejar en paz a esa apreciada y cada vez más escasa anchoa, mantener la estilizada silueta de esos filetitos con sabor a mar y evitar colorantes, potenciadores de sabor, conservantes, espesantes…?

¿Nos pasa igual en la mayoría de las fruterías donde vemos unas manzanas, por poner un ejemplo, perfectas, sin ningún defecto aparente, con brillo antinatural producido por las ceras, pero casi sin sabor y no dando por buenas las más sabrosas pero imperfectas visualmente?

Solo tengo una respuesta para tanta pregunta: yo personalmente me quedo con la anchoa de toda la vida que hasta en las fábricas conserveras, incluida Lolin, las hacen de forma prácticamente artesanal. Me da igual si tengo que usar un abrelatas, o aquellas pequeñas llaves con una ranura para meter en la pestaña de la lata e ir enrollando la tapa poco a poco hasta descubrir por completo el contenido encharcado en aceite, o con los modernos abrefácil… yo prefiero ver en su estado natural esos sabrosos filetes de anchoa en conserva, siempre y cuando sean de calidad, como es el caso de Lolin.

No le veo a Miguel Angel  Revilla, el mejor embajador de las anchoas de Cantabria regalando esas preciosas microbolitas.

¿Y tú qué prefieres el fondo o la forma?.

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Martes de Feria en Agurain.

Otro año más en el martes de Feria en Agurain. Seguramente es una de las ferias más antiguas de las que se celebran en Euskal Herria, ni más ni menos que en 1395 tuvo lugar la primera edición de este singular encuentro entre ganaderos. Para conocer bien la historia de este acontecimiento os recomiendo un artículo de  Kepa Ruiz deEguino. Seguro que no se diferencia mucho de otros acontecimientos similares, a no ser porque se celebra en martes y además se pueden ver espectaculares ejemplares de yeguas y potros, entre otros animales. Son ya unos cuantos años que vengo a disfrutar curioseando entre los diversos puestos de los productores locales, a admirar esos animales que no sé si por la crisis o por los cambios de costumbres en el medio rural, acuden en menor número cada año. Una pena porque se ven ejemplares de vacas de diferentes razas, cerdos, cabras azpigorris, latxas, burros y espectaculares ejemplares de ganado equino.

Me gusta recorrer la calle Mayor mezclado entre la gente enredando entre puestos de panes caseros, conservas, pasteles vascos, morcillas, pancetas adobadas, chorizos y piezas de cerdo de basatxerri asadas, verduras y frutos secos, rosquillas, patés de Iparralde y los  puestos de los sobrevalorados talos a 5 euros la unidad (mejor no contárselo a nuestros mayores). Me gusta acercarme y saludar a los pastores, que con cierto nerviosismo esperan la decisión del jurado del  Campeonato de Quesos de Pastor de Álava, el más importante del territorio. En el tablado de las verbenas están los miembros del jurado concentrados probando y probando quesos. Se escucha la misma banda sonora que en todas las ferias de Araba: la inconfundible voz del incombustible Bengoa relatando todo lo que va sucediendo en los diferentes espacios.

Saco fotos con mi pentax de lo que voy viendo y no puedo menos que acordarme de mi amigo Joseba Olalde, fotógrafo aguraindarra con el que compartí carreras delante de los grises en Gasteiz y pintas de cerveza en Londres. Todavía conservo una fotografía en blanco y negro que me regaló en recuerdo de aquellos intensos años en los que coincidimos en el Londres de comienzos de los 80. Murió víctima de un infarto en agosto de 2004.

Cada vez me gustan más estas fiestas mañaneras: unos vinitos, encuentros con vecinos de los pueblos cercanos o con antiguos amigos de Gasteiz, los puestos, los animales, unos pintxos, unas compras  y a casa un poco contenticos…

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Bilbao: quién me iba a decir a mí.

Durante los años 84 y 85 trabajé en el nº35 de la Alameda Recalde. En un Bilbao  muy diferente al actual, al que a veces me cuesta reconocer. En las últimas visitas a la ciudad una frase he repetido con asiduidad: “Quién me iba a decir a mí…”

Quién me iba a decir a mí que a la línea de cercanías que unía Plentzia con Bilbao y que usaba regularmente, ya que una temporada me tocó vivir en Gorliz,  le iban a llamar Metro.

Quién me iba a decir a mí que iba a ver la Gran Vía prácticamente vacía de coches.

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Quién me iba a decir a mí que en los escenarios donde vi las duras peleas entre policía y trabajadores de los Astilleros Euskalduna, construirían el Museo “continente más importante que contenido”   Guggemheim y el Palacio de Congresos y de la Música del mismo nombre que los astilleros cerrados en el 85.

Quién me iba a decir a mí que llegaría el día de echar el cerrojazo a la catedral, además de ver publicidad en la camiseta del Athletic. Impensable en aquellos años.

Quién me iba a decir a mí que aquel viejo almacén de vino, sin ningún uso en aquellos años, se iba a convertir en la actual Alhóndiga, un importante centro de ocio y cultura  proyectado por el afamado diseñador Philippe Starck.

Quién me iba a decir a mí  que aquella ría de color oxido por donde navegó la gabarra durante dos años, iba a ser un espacio recuperado para la pesca.

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Quién me iba a decir a mí que iba a ver grupos de  turistas orientales con su guía correspondiente, admirando una interpretación de las Meninas  en la ahora peatonal y antes ruidosa y transitada Calle Ercilla.

Y también quién me iba a decir a mí que pasados 29 años iba a poder seguir zampando esos falsos triángulos del bar Eme tocados por el misterio de su salsa secreta. O los bocadillos de bonito con anchoa o alegría y los porrones de clarete que daban y siguen dando a la vuelta de la esquina del Eme, en la bodeguilla de Licenciado Poza nº 3, una tasca de las que quedan pocas y que tan cerca me quedaban del nº 35 de la Alameda Recalde.

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Me gusta este Bilbao moderno donde conviven perfectamente lo viejo y lo nuevo, aunque a veces me cuesta reconocerlo, pero también me gustaba aquel Bilbao sucio y duro que conocí; me gustaba tomarme unos culines en un bar cutre que tenía sidra asturiana, creo recordar que cerca de Erandio, y contemplar el paisaje de la jodida reconversión industrial de aquellos años; me gustaban las siete calles de entonces, las cañas en el Lamiak y las noches del Gaueko; me gustaba el “Bilbao es una puta de la que no podemos escapar”  y “Bilbao, Mierda, Rock’n’Roll” de MCD y me gustaba el Bilbao del que hablaba Eskorbuto.

Irremediablemente, me estoy haciendo viejo.

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¡Ostras!… Oteiza.

Menestra de textos que he ido encontrando acerca de las aventuras, anécdotas y gustos culinarios del gran Oteiza. En este último mes he reencontrado al genial artista: visita  a la exposición «Jorge Oteiza: Dibujos, estampas y palabras» en Arantzazu; volver a admirar la estatuaria de esos apóstoles con los cuerpos vacios de entrañas, casi huecos; mi primera visita al Museo-Fundación Jorge Oteiza en Alzuza…

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Hay una anécdota que cuentan de Picasso. Un día se le acercó un admirador y le dijo que pese a disfrutar enormemente de su obra, tenía la sensación de no entenderla del todo. El maestro replicó con una pregunta: ¿A usted le gustan las ostras?. «¡Con delirio!», contestó el admirador, a lo que el pintor respondió ¿Y usted ha intentado alguna vez entender a una ostra?.

Oteiza no se si las entendía, pero seguro es que las devoraba. Conocía la gran afición del artista por las ostras y tirando de ese hilo, esto es lo que he encontrado:

(…) Jorge inició una vida de estudiante buscavidas, recurriendo a veces a las comidas gratuitas de cuarteles y conventos.(…) En cambio un estudiante sin dinero pasaba verdaderas miserias. Oteiza empleó su telento histriónico para hacerse pasar por médico argentino y enviar a los colegas más desnutridos a un hospicio de Yeserías para convalecientes sin recursos. Según contaba se recetó a sí mismo un régimen de comida caliente y cama limpia, pero la monja encargada se quejó de ese médico argentino desconocido que mandaba un flujo interminable de jóvenes famélicos, aunque sanos, que comían como limas y se marchaban dando las gracias; Jorge la tranquilizó con la primicia de que ese médico regresaba a su país y él iba a ser, seguramente el último que mandaba… (…)  “Jorge Oteiza, hacedor de vacíos” Carlos Martínez Gorriarán.

(…)A lo largo de los años vividos en Madrid fueron muchas las penurias que Oteiza y alguno de sus amigos padecieron pretendiendo dedicarse exclusivamente al arte. “Yo he pasado grandes dificultades en Madrid y he visto pasar verdaderamente hambre a compañeros pintores y escultores”(…) Algunas veces funcionaba la picaresca, y Oteiza incluso fue protegido por una monja de Azpeitia que a la puerta de su convento, próximo a la glorieta de Bilbao, solía repartir comida a los pobres. De acuerdo con ella, Jorge entraba en cuanto se abría la puerta y se colocaba debajo de una escalera. Entonces aparecía su protectora, ayudada por un muchachito, llevando “un gran barreño humeante de caldo, garbanzos y carne de puchero. Me servía un gran plato, salía al portal, y al terminar la cola, comi nsiempre sobraba algo, yo aguardaba con mi plato vacío, me volvía a servir, y nos sonreíamos, mirándonos con afecto. Era mi única comida y así podía trabajar todo el día”.(…) Oteiza: la vida como experimento. Pilar Muñoa.

(…) Reunió un círculo de amigos con el que emprendía expediciones nocturnas a Biarritz, sobre todo para ver el cine de la Nouvelle Vague o las películas eróticas prohibidas en España, y darse a una de sus pasiones favoritas: devorar ostras y mariscos en cantidades pantagruélicas. (…) “Jorge Oteiza, hacedor de vacíos” Carlos Martínez Gorriarán.

(…) Si el rey bearnés Enrique IV concedió que “París bien vale una misa”, para Jorge una porrusalda de zapallo valía por tres, pues, a decir verdad, él era un hombre de mayor apetito que de fe religiosa. (…) Crónica errante y una miscelánea. Néstor Basterretxea.

(…) Cabe afirmar que las ostras constituían una verdadera pasión para el oriotarra. Según me contó, en vida de Oteiza, su amigo Néstor Basterretxea: “Otro de sus vicios, antiguo y suculento, son las ostras. No le cabe en la cabeza que a mí no me gusten. Cuando está de ostras, suele dedicarme una profunda mirada de desprecio, antes de abandonarse a la avidez de sorberlas en éxtasis, con los ojos cerrados, comentando como unas pequeñas y salitrosas olas le golpean suavemente el paladar…”y que sean cuatro docenas, embarazaditas y de Arcachón”. En una ocasión teníamos una merienda en la cabaña del arquitecto Vallet junto al faro de Hondarribia. Yo me había comprometido a llevar ostras, pero como no las encontré, tuve que sustituirlas por un molusco muy apreciado en Francia pero del que no recuerdo el nombre. A Jorge no debió de gustarle demasiado, el caso es que dijo que sabía a sobaco de sirena vieja. (…) Oteiza en Irún. 1957-1974. Luis de Uranzu Kultur Taldea. Jaime Rodríguez Salís.

(…) Habiendo superado el momento crítico del mediodía, y como si nuestras mentes y estómagos hubieran adivinado la aproximación de la hora de almorzar, la conversación toma tintes gastronómicos netos. Por si ello fuera poco, se nos une a la tertulia Joseba, propietario del restaurante “Zubi Ondo”, quien ha traído para Jorge una docena de ostras. A Oteiza se le iluminan los ojos ante el regalo. Joseba y Jorge comparten gustos y una pequeña biblioteca sita en el mismo restaurante, con libros sobre el artista y unas cuantas pequeñas esculturas estilizadas.

Están atornilladas. ¡Por si acaso!… Las ostras y en general el marisco me han gustado siempre. Ya sabeis… ¡Uno es de Orio! Me las traen de Holanda, y son de la máxima garantía… A mi edad hay que cuidar bien el estado de los alimentos. Fuí campeón de comer ostras en Chile y en Río de Janeiro. Y para acompañar a las ostras nada mejor que txakolí de Getaria. Getari, ezkutari!

En ese momento interviene Juan Garmendia Larrañaga, amigo desde hace muchos años de Jorge, subrayándole al artista su afición a la buena mesa… pero también al deporte. Y surgen una serie de anécdotas vividas conjuntamente en Alzuza y alrededores, a donde se desplazaban en el viejo 2CV de Oteiza. (…) Jorge Oteiza / Artista. He sabido vivir (Entrevista publicada en el número 1 de Euskonews).  Josemari Vélez de Mendizabal.

(…) El escultor, desde Zarauz, sigue el transcurrir del mundo a través de los medios de comunicación y de sus lecturas. Repone fuerzas en sus salidas y sus excursiones que siempre terminan en una buena mesa. Si puede ser, marisco, hongos y cuajada. Después, café y ‘a respirar puro’. Y hablar. Con Antón Arbulu (alcalde de Zumárraga), con sus amigos los cantantes Imanol y Paco Ibáñez, con el escritor Manuel Vicent, con el fotógrafo Xabier Landa, con Zuriñe Adrada sobre su cendro pedagógico, con Ana Marín de su última exposición, con Sáenz de Oiza, con Mercedes Chivite sobre vino, etc, etc. Si Jorge Oteiza no puede comer fuera de casa, como un miércoles más, Joseba Gárate le llevará el marisco desde el restaurante Zubi-Ondo hasta su casa. El día 21 no podrá ser así, el establecimiento está cerrado por vacaciones(…) Diariodenavarra.es Textos: Paco Sanz. 18-09 -1998

(…)A la vuelta visitamos al gran Oteiza en Alzuza, cerca de Pamplona: allí vive, en el 14000 a.C., junto a su Icíar y sus estatuas que él coloca en encrucijadas (y que yo colocaría al fondo, a mi espalda, para retroapoyarme). Me impresiona su genio y vitalidad, sus ojos azul-profundo,  su blanca barba y su cayado. Majísima pareja, inolvidable contacto. Me invita a mí, Rui, Ursua y Hornilla a una comida opípara con el mejor champan francés, exquisitas mollejas de cordero, patxarán excelente. Me regala una fotocopiadora, generoso.(…) Las claves simbólicas de nuestra cultura: matriarcalismo, patriarcalismo, fratriarcalismo. Andrés Ortiz-Osés.

(…) Oteiza era un espectáculo: si tenía público, se crecía aún más. Cuando alguien quería obsequiarle se repetía la ceremonia de la comida con ostras, mero o rodaballo y el trago final. Una vez, grandes directivos del entonces Grupo Correo le rindieron un pequeño homenaje privado. Oteiza protagonizó una memorable actuación en la que provocó, rió, habló de amistad, más “en Oteiza” que nunca… Lastima de grabadora.(…) 101 vascos y medio. Bestiario portátil. Mitxel Ezquiaga.

(…) La última vez que me llamó desde su casa de Zarautz, unos meses antes de morir, me preguntó dónde me encontraba. Cuando le contesté que estaba en mi casa, en Hendaya, me dijo:

-Prepara algo de cenar. ¡Voy nadando!

Para quien no lo sepa, entre Zarautz y Hendaya hay unos cuarenta kilómetros de costa, con olas que hacen naufragar al más avezado lubinero y alimentan percebes con su espuma.

Oteiza era un gran comilón, un sibarita enamorado de los pescados y mariscos. Si le confesabas que te gustaba la merluza, por ejemplo, empezaba a insultarte. Para él, la merluza era una sinsorgada, sin sabor, ni gracia, ni nada de nada. Un pescado muerto. Le gustaban los pescados sabrosos, los azules, el rodaballo asado en parrilla, los salmonetes…(…)

(…) Entramos en el restaurante acalorados, enzarzados en una discusión. Miraba al Ratón de Getaria y decía que el pueblo vasco es un desastre, un pueblo totalmente equivocado, tuerto y ciego, formado por gente que miraba aquella roca y veía en ella la forma de un ratón, cuando, en realidad, se trataba de una ballena varada que había decidido morir en nuestras costas. Que nadie se puede fiar de un pueblo que confunde una ballena con un ratón. Y así. Oteiza era, también, muy generoso: regalaba esculturas a los amigos y siempre pagaba él la comida o la cena. No había manera de impedírselo. Ni a cañonazos.

Al entrar preguntó, aún de pie en medio del restaurante, si tenían percebes frescos. Le dijeron que aquel día no había. Entonces desenvainó un florete que llevaba camuflado en el interior del bastón, lo blandió en el aire aterrorizando a cuanta camarera y comensal había en el lugar, y se puso a jurar en arameo.

– ¡Ya te decía que este pueblo es un desastre! ¿Cómo es posible que no haya percebes en Getaria?

Vino el dueño y casi lo mata allí mismo. Oteiza al dueño, quiero decir. Menos mal que ya lo conocían en aquella casa. «Don Jorge» le llamaban. Para calmarlo le dijeron que había nécoras, cigalas y ostras. ¡Ostras! La debilidad de Oteiza y un verdadero martirio para mí. Lo había intentado docenas de veces, pero nunca había conseguido tragar ni una sola. Me daba mucha pena perderme el gozo, pero eran demasiado para este paladar sensible. Oteiza pidió cuatro docenas para los dos.

Cuando las trajeron a la mesa, no tuve bemoles para confesarle que no podía con ellas. De confesárselo, me habría insultado y humillado, me habría clavado el florete, habría llamado a un taxi para irse y me habría dejado allí solo, abandonado, desangrándome y sin pedir una ambulancia. Me lo tenía bien merecido por no apreciar las ostras.

Empecé a comer una, disimulando la repugnancia inmensa, haciendo de tripas corazón. Seguí con otra y luego con una tercera. Así hasta las veinticuatro que me tocaban, pues Oteiza las había contado todas. Una a una. Temía que le robara alguna de las suyas.

Aquí estamos ahora, unos pocos años más tarde: anoche comí una docena de ostras con un placer inmenso. También le debo eso a Oteiza. Cada vez que me llevo una a la boca, me acuerdo de él y de aquel día.(…)  (El texto es de Hasier Etxeberria.) Porca Memoria. David de Jorje y Hasier Etxeberria.

Al escultor Jorge Oteiza lo conocí en el restaurante Fermín Lasa del restaurante Mesón Egüés en Logroño. Recuerdo que era un gran gastrónomo y tenía las ideas muy claras sobre la cocina sencilla. En el inicio del libro de visitas de este restaurante, me hace el honor de dirigirse a esta casa como la «Gran Clínica en Restauraciones», refiriéndose, básicamente, a la materia prima poco elaborada ya que en aquella época se estilaba la nueva cocina que creó cierta confusión por su sofisticación y tenía partidarios y detractores. Recuerdo una conversación con él en la que me decía: «Fermín, sácame las alcachofas desnudas así apreciaré su auténtico sabor». Claro está que si no son pequeñas, frescas, con hojas, rabo y por docenas, no hay Dios que las saque desnudas. Solamente se puede exponer desnudo aquello que es perfecto, con mayor razón si nos lo hemos de comer. Jorge Oteiza fue una de las personas que me impresionaron en aquella época, y su criterio vale mucho a la hora de realizar mi trabajo. Fermín Lasa http://www.mesonegues.com/oteiza.htm

(…) Asimismo, Niebla aseguró que Oteiza «casi despreciaba a las personas a las que no les gustaban las ostras», al tiempo que explicó que «era capaz de beberse una botella de vino durante las comidas».(…)  22-09-2003. Diario de Navarra

(…) El comisario de la muestra, Antonio Niebla, asegura que el impetuoso genio creativo de Oteiza le ha convertido, si no en el mejor escultor contemporáneo, sí «en el que ha abierto más puertas a la escultura». Niebla, que mantuvo con Oteiza diversas entrevistas preparatorias de la muestra, le define como un personaje «temperamental, controvertido, polémico, contradictorio, irónico, pero también honesto y generoso». El comisario, que ha redactado un texto en el catálogo en el que aborda el lado humano del creador, recuerda, como ejemplo de su postrero vitalismo, que en una ocasión iniciaron ambos un almuerzo de trabajo en un restaurante a las dos del mediodía y que la animada sobremesa, con dos botellas de vino y una docena de ostras de por medio, se prolongó hasta las siete de la tarde. Durante este tiempo, Oteiza, a sus 93 años, compaginó un clarividente análisis de la realidad social con pullas a diestro y siniestro, con elogios a las nalgas de una camarera. «Él era así, vivió a sangre y fuego toda su vida», concluye.(…) El País. 3-07-2003.

(…) Esos que están aquí, ocultos por el mar y por la pesca, son los hombres que le daban sentido al esfuerzo de la costa, en ellos estaba la paz de la cosecha, imagino ahora esos viveros fresquísimos de Vigo o de París, o de Madrid incluso, veo los peces y los crustáceos, y cuando veo los crustáceos veo como los abre un escultor, Jorge Oteiza, levanta el bastón en medio del restaurante La Fuencisla, en la calle San Mateo de Madrid, levanta el bastón y da un viva, con un vino tinto de Rioja, un viva a los crustáceos, son los verdaderos escultores de la naturaleza del mar, mira qué vivos están los crustáceos, qué formas, Oteiza ha hecho todo el camino desde Pamplona para comer ese olor al mediodía, en algún momento dice, Mi vida por un fracaso, mientras abre otra botella de Rioja, pues allí están los crustáceos vivos, las mujeres los limpian del barro y de las rocas, y ya está aquí la paz, no hay más zozobra, el barco ha llegado a este lugar en el que finalmente nos dan un bocadillo de bonito que yo como con el el hambre que hay después del miedlo; desde este lugar, en el que ya el monte y el mar se jungtan, van unidos, miro otra vez  esa charca de acero que se mueve, es el mar entrando en la tierra, y puedo tocar con las manos ambas cosechas, tú me miras volver, también estás tú en el barco.(…) Retrato de un hombre desnudo. Juan Cruz Ruiz.

Oteiza murió tranquilo, sumido en «un estado de ensoñación», a causa de una parada cardiorrespiratoria según relató su médico, Gabriel Zubillaga. El artista fue empeorando hasta que dejó de comer lo que le gustaba, como las ostras, el chocolate o el puré de lentejas. Antonio Oteiza, su hermano, reveló que incluso le confesó que estaba «acostado con la muerte». La capilla ardiente se instaló en el Palacio de la Música de Zarauz. Oteiza será enterrado en Alzuza (Navarra). Artículo “ El arte pierde a Jorge Oteiza, un renovador de la escultura”  A. U. /R. F. SAN SEBASTIAN / BARCELONA A. U. /R. F. SAN SEBASTIAN / BARCELONA 10/04/2003.

 

 

 

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